Los textos entrañan una deuda infinita. Uno puede leer frases como éstas por todos lados, como slogans vacíos que se repiten hasta el hartazgo sin que ya digan nada. Sin embargo, creo que es necesario pensar esas viejas frases francesas y ver qué tienen para decirnos. El nosotros es importante. Uno podría pensar que esa deuda la llevan los textos con ellos mismos y que hablamos de un misterio, de cierta mística que los habita. Un secreto que guardan que ya no puede ser recuperado, algo perdido y ya inhallable: su “aura”. Esta mirada que está a un paso de la melancolía nunca me gustó demasiado. Puede parecer elegante, sí, pero no me parece productiva. La deuda que entrañan los textos habla de alguien que les debe algo: un texto parece pedir siempre, en silencio, restituciones. Shhh. Dejemos de hablar así. El texto desea. Pero no desea algo que le falta. La deuda no es una falta. Y si hablar de deuda nos hace hablar de falta, dejemos de hablar de deuda. La deuda no es externa, no hay Fondo Monetario que pretenda cobrarla, la deuda es interna. La genera el mismo texto, empujando hacia adelante. El texto busca sus interpretaciones, nosotros interpretamos. Hay escritura y reescritura: eso es la lectura. Pero un texto, en su productividad, no sólo genera interpretaciones. El texto también produce respuestas. Y si existe es sólo porque produce: sino es letra muerta, ergo, no existe.