Lo opaco del espíritu muchas veces se vuelve inteligible en lo más concreto. Cuando estamos embarcados en un mundo de relaciones, llega un punto en el que ya no sabemos bien dónde estamos parados. Es el momento en que volcamos la mirada hacia nuestro alrededor. Es la ocasión de volver a lo físico. Cuáles son los nombres que se repiten con constancia en nuestra bandeja de entrada, qué cuerpos aparecen como más próximos en las reuniones a las que asistimos. Al punto que podemos decir que es físico, que todo es tan físico. Y sólo desde ahí podemos volver a encontrar el rumbo.